Dinosaurios en Banco Chinchorro.
Desde niño me obsesionaban los animales grandes. Soñaba con el mar, con sumergirme y mirar de frente a los depredadores que todos temen y prefieren evitar. Ese sueño me llevó a fotografiar tiburones, pero nunca imaginé que un día estaría cara a cara con un cocodrilo en su propio territorio. La idea nació en silencio, viendo imágenes de colegas del Banco Chinchorro.
Algo se activó en mí: curiosidad, sí, pero también miedo. Un miedo distinto. Porque mientras los tiburones matan a unas pocas personas al año, los cocodrilos superan por mucho esa cifra. No era un juego, era entrar al territorio de un animal que carga millones de años de evolución en la mandíbula, y aún así, fui. Llegar a Chinchorro es como cruzar un umbral: Manglares, agua turbia, silencio denso. Ahí viven más de 400 cocodrilos americanos; Dinosaurios vivos, como yo les llamo, y solo están esperando.
El primer día que llegué a documentarlos, entendí algo clave: en el manglar ellos mandan, pero en mar abierto, pierden seguridad, y ese pequeño detalle era nuestra única ventaja. Cuando los vi acercarse por primera vez, sentí cómo el cuerpo se me tensaba. Cuatro sombras avanzando desde el manglar; lentas, precisas y antiguas. Y yo pensé: ¿Qué demonios hago aquí? Entré al agua con instrucciones claras: mantener distancia, contacto visual, respeto absoluto. Nada de errores. Nada de ego. Y entonces apareció ella, una hembra enorme, dominante, que se movía con una calma brutal, como si todo le perteneciera.
Foto: Gerardo del Villar.