De Tánger a Tarmilate
El asfalto todavía desprende ese calor tibio al apagar el motor, pero el paisaje se nos ha quedado grabado en la retina. Hoy ha sido un día de esos que te recuerdan por qué nos subimos a una moto.
Salimos temprano de Tánger, acompañados de la brisa marina para ir al encuentro de Asilah, un precioso pueblito de murallas blancas con trazos de añil que miran al poderoso Atlántico.
La primera parada obligatoria fue junto a su emblemático fuerte donde hicimos una pausa frente al mar para saborear un zumo de granada natural recién hecho... sencillamente espectacular, el mejor chute de energía para lo que se avecinaba…
Pero la verdadera magia de la ruta empieza cuando rodamos hacia el interior, adentrándonos en las entrañas del Marruecos más auténtico.
Avanzar por Tiflet, Houderrane y Maaziz ha sido un regalo para el pilotaje: tramos de carretera espectaculares, curvas que se enlazan una tras otra y horizontes infinitos donde la tierra cambia de color a cada kilómetro. Pasar por Tiddas hasta llegar a Tarmilat nos ha regalado la calma de las zonas rurales, ese ritmo pausado donde el tiempo parece detenerse entre valles y colinas suavizado por un sol que encandila el horizonte.
Nuestra «Taca» está disfrutando como nunca en estas carreteras. Se nota que este terreno le sienta de maravilla después de varios meses varada y triste: fina en cada trazada, devorando curvas con soltura y respondiendo como una campeona en cada tramo, baches incluidos.
Peroooo lo mejor del camino, sin duda, la compañía. Hacer esta ruta con Gregorio y Rosa está siendo muy divertido. Me encanta ver cómo van descubriendo el alma profunda de este país y disfrutando de la gastronomía de carretera más auténtica con esas paradas entre el humo de las barbacoas de carbón al borde del camino, saboreando ternera a la brasa y el kefta recién hechos.
Marruecos no solo se recorre: se huele, se saborea y se siente en el puño del gas. Seguiremos disfrutando algunos días más…
