Trastea
Allá vamos
Lo primero de todo, como sabéis fundamentalmente los miembros del subforo, K y R, esta cuenta fundamentalmente la usa mi padre alias "Trastea" y yo su hijo alias "El niño", de vez en cuando escribo, pero fundamentalmente leo los hilos en los que participa por comentarlos luego con él e intentar aprender algo. Este hilo si lo inicio yo, "El niño", asumiendo cualquier tipo de responsabilidad. Ahí va.
Mi padre es muchísimas cosas: marido —¿Qué sería de nosotros sin la jefa?—, ingeniero —de los buenos, de los que hacían pensar—, retirado —que no jubilado, pues no para—, mecánico —de los buenos, no un cambiapiezas—, abuelo —por nietos, no pensemos mal—, agricultor, cascarrabias, socio fundador y presidente honorífico de la hermandad del puño cerrado, mi principal surtidor de gasolina durante los primeros 25 años de mi vida -o puede que alguno más- y así podría seguir hasta el infinito. Pero para mí, por encima de todo, es mi colega pa' to' la vida. Y no pensemos mal: me ha educado con la rectitud que un hijo como yo requería, pues no he sido un hijo difícil, pero tampoco fácil. Mi alma de flamenco y mi mente de rockero hacen una combinación que, aderezada con un cerebro que produce ideas más rápido de la cuenta, ha dejado muchísimas anécdotas de triunfos y derrotas que se pueden calificar con dos adjetivos: intergalácticas o apocalípticas. Cualquiera que fuera el adjetivo, siempre me ha sabido dar el hueco para sincerarme como lo haría con un colega, expresando miedos, debilidades e incertidumbres, y compartiendo muchas alegrías, aunque después cayera la rectitud del padre, como debía ser.
Desde que nací, me ha hecho regalos magníficos toda la vida. He crecido rodeado de lujos, y no precisamente materiales: cariño, tiempo, comprensión, valores. En resumen, los buenos lujos, los que no se compran ni se ven, pero que mueven el mundo. Luego hubo otros regalos —ya sí materiales—, como una Montesa Cota 242, un Vespino ALX, una BMW K75, una BMW R850R, una Honda VFR 750... Después de tantísimas motos de auténtico motero, decidí comprarme una lavadora con ruedas, de esas que tienen más cables y sensores que todas las anteriores juntas: una S1000XR de 2022 que, como te despistes con el acelerador, hasta te centrifuga las ideas. ¡Qué bonita es, la jodida, y cómo suena tras montarle el Akra y el emulador de HealTech! Cuando la arranqué por primera vez después de montarlo, a él le salió la sonrisa de colega y, acto seguido, dijo con la rectitud de padre: «Menudo chorizo vas a parecer».
Ahora, que uno ya no es un crío pero sigue siendo un chaval de 34 años, en un amago de responsabilidad financiera me planteé vender la moto; de hecho, estuvo por aquí anunciada. ¿Los motivos? Con un nuevo destino laboral en Madrid que me deja muy poco tiempo libre, la moto en Granada y una boda que organizar - mi futura mujer me dice que no la venda - , se planteaba un escenario de usarla poco. La idea lógica sería venderla, conservar el dinero y, cuando la situación lo permitiera, volver de nuevo con otra moto. De hecho, tengo hasta un comprador, y llevaba unos días diciendo «vendo, no vendo, vendo para comprar otra», todo esto llamando a mi padre, que ya se reía por no llorar.
Cuando ya había tomado la decisión de venderla y mandado la ubicación al comprador para vernos mañana, me ha venido a la cabeza la última salida con la moto: una subida a Sierra Nevada con mi padre, hará unas tres semanas. Él, con sus 70 tacos y su VFR; yo, con la lavadora-cohete, iba detrás de él, disfrutando como un auténtico enano, dándole gracias a Dios por disfrutar de mi padre, por verlo conducir, por su salud y por ser consciente de uno de esos momentos de pura felicidad, de los que se notan en las entrañas, a diferencia de aquellos de los que te das cuenta a toro pasado, era consciente de manera plena de lo afortunado que era en ese instante. A partir de ese pensamiento, de ese recuerdo, la última bengala del alma lanzando un SOS al cerebro, lo he tenido bien claro: que le jodan a la depreciación, que le den al poco uso. Las cosas importantes se plantean con la cabeza, se consultan con el corazón y se hacen con los cojones, y por mis huevos que esa no la vendo, o al menos todavía no. Mañana viernes subiremos a la sierra juntos de nuevo. Irá delante de mí, guiándome, avisándome de los peligros, como lleva haciendo estos últimos 34 años. Solo por saber que, cada vez que lo llevo delante, soy consciente de las veces que ha estado frenándome —en la carretera y en la vida—, a mí me merece la pena perderle dinero y ganarle ratos a la vida.
Valga este escrito como testimonio público, como un «puedo prometer y prometo» de que todavía no ha llegado la hora de despedirme de ella. Me doy por contento si vale como bengala para otro que también esté a punto de hacer lo que podemos definir como "la tontería de las tonterías".
Quizás cuando mi padre cumpla 100 y me traspase la VFR —no porque deje de usarla, sino porque el seguro sea más barato si está a mi nombre, ya sabéis, el presidente de la hermandad del puño cerrado— puede que me plantee vender la moto que tenga en ese momento yo, porque para entonces empezaré a tener potestad para usurparle su VFR. Pero, mientras, voy a disfrutar del tiempo con él, que el tiempo es muy cabrón y no vuelve por mucho que mires al reloj.
Como dicen en mi querida Granada: Déjate de pollas en ollas y de vender moto, ¡vayamos a pollas! ¿Eh, pollas? ¡Que manda polla las ideas de que tienes, pollica!
¡TRASTEA, LLÉNAME EL DEPÓSITO, QUE MAÑANA LLEGO!
Mi padre es muchísimas cosas: marido —¿Qué sería de nosotros sin la jefa?—, ingeniero —de los buenos, de los que hacían pensar—, retirado —que no jubilado, pues no para—, mecánico —de los buenos, no un cambiapiezas—, abuelo —por nietos, no pensemos mal—, agricultor, cascarrabias, socio fundador y presidente honorífico de la hermandad del puño cerrado, mi principal surtidor de gasolina durante los primeros 25 años de mi vida -o puede que alguno más- y así podría seguir hasta el infinito. Pero para mí, por encima de todo, es mi colega pa' to' la vida. Y no pensemos mal: me ha educado con la rectitud que un hijo como yo requería, pues no he sido un hijo difícil, pero tampoco fácil. Mi alma de flamenco y mi mente de rockero hacen una combinación que, aderezada con un cerebro que produce ideas más rápido de la cuenta, ha dejado muchísimas anécdotas de triunfos y derrotas que se pueden calificar con dos adjetivos: intergalácticas o apocalípticas. Cualquiera que fuera el adjetivo, siempre me ha sabido dar el hueco para sincerarme como lo haría con un colega, expresando miedos, debilidades e incertidumbres, y compartiendo muchas alegrías, aunque después cayera la rectitud del padre, como debía ser.
Desde que nací, me ha hecho regalos magníficos toda la vida. He crecido rodeado de lujos, y no precisamente materiales: cariño, tiempo, comprensión, valores. En resumen, los buenos lujos, los que no se compran ni se ven, pero que mueven el mundo. Luego hubo otros regalos —ya sí materiales—, como una Montesa Cota 242, un Vespino ALX, una BMW K75, una BMW R850R, una Honda VFR 750... Después de tantísimas motos de auténtico motero, decidí comprarme una lavadora con ruedas, de esas que tienen más cables y sensores que todas las anteriores juntas: una S1000XR de 2022 que, como te despistes con el acelerador, hasta te centrifuga las ideas. ¡Qué bonita es, la jodida, y cómo suena tras montarle el Akra y el emulador de HealTech! Cuando la arranqué por primera vez después de montarlo, a él le salió la sonrisa de colega y, acto seguido, dijo con la rectitud de padre: «Menudo chorizo vas a parecer».
Ahora, que uno ya no es un crío pero sigue siendo un chaval de 34 años, en un amago de responsabilidad financiera me planteé vender la moto; de hecho, estuvo por aquí anunciada. ¿Los motivos? Con un nuevo destino laboral en Madrid que me deja muy poco tiempo libre, la moto en Granada y una boda que organizar - mi futura mujer me dice que no la venda - , se planteaba un escenario de usarla poco. La idea lógica sería venderla, conservar el dinero y, cuando la situación lo permitiera, volver de nuevo con otra moto. De hecho, tengo hasta un comprador, y llevaba unos días diciendo «vendo, no vendo, vendo para comprar otra», todo esto llamando a mi padre, que ya se reía por no llorar.
Cuando ya había tomado la decisión de venderla y mandado la ubicación al comprador para vernos mañana, me ha venido a la cabeza la última salida con la moto: una subida a Sierra Nevada con mi padre, hará unas tres semanas. Él, con sus 70 tacos y su VFR; yo, con la lavadora-cohete, iba detrás de él, disfrutando como un auténtico enano, dándole gracias a Dios por disfrutar de mi padre, por verlo conducir, por su salud y por ser consciente de uno de esos momentos de pura felicidad, de los que se notan en las entrañas, a diferencia de aquellos de los que te das cuenta a toro pasado, era consciente de manera plena de lo afortunado que era en ese instante. A partir de ese pensamiento, de ese recuerdo, la última bengala del alma lanzando un SOS al cerebro, lo he tenido bien claro: que le jodan a la depreciación, que le den al poco uso. Las cosas importantes se plantean con la cabeza, se consultan con el corazón y se hacen con los cojones, y por mis huevos que esa no la vendo, o al menos todavía no. Mañana viernes subiremos a la sierra juntos de nuevo. Irá delante de mí, guiándome, avisándome de los peligros, como lleva haciendo estos últimos 34 años. Solo por saber que, cada vez que lo llevo delante, soy consciente de las veces que ha estado frenándome —en la carretera y en la vida—, a mí me merece la pena perderle dinero y ganarle ratos a la vida.
Valga este escrito como testimonio público, como un «puedo prometer y prometo» de que todavía no ha llegado la hora de despedirme de ella. Me doy por contento si vale como bengala para otro que también esté a punto de hacer lo que podemos definir como "la tontería de las tonterías".
Quizás cuando mi padre cumpla 100 y me traspase la VFR —no porque deje de usarla, sino porque el seguro sea más barato si está a mi nombre, ya sabéis, el presidente de la hermandad del puño cerrado— puede que me plantee vender la moto que tenga en ese momento yo, porque para entonces empezaré a tener potestad para usurparle su VFR. Pero, mientras, voy a disfrutar del tiempo con él, que el tiempo es muy cabrón y no vuelve por mucho que mires al reloj.
Como dicen en mi querida Granada: Déjate de pollas en ollas y de vender moto, ¡vayamos a pollas! ¿Eh, pollas? ¡Que manda polla las ideas de que tienes, pollica!
¡TRASTEA, LLÉNAME EL DEPÓSITO, QUE MAÑANA LLEGO!
