Jorecon, esto ya lo colgué en el foro en su día, pero para los foreros más recientes, aquí coloco lo que fue para mí
PINGÜINOS 2002
Justo el año pasado, por estas fechas, andaba yo diciendo que “vale, ya he estado en Pingüinos, pero de volver, ni hablar”. La experiencia fue total en su conjunto y extrema en sus límites; algunos ejemplos: la lluvia ininterrupida los 400 kms. hasta Madrid, que más que a Pingüinos 2001 parecía que íbamos a terminar en Batracios 2001; la marcha y el ritmo de vida en la concentración (para los que acampamos allí), ya que como pardillo, planté la tienda justo al lado de las casetas-disco, y, entre la música que sonó prácticamente las 24 horas y el ruido de las motos, dormir, lo que se dice dormir, sólo se conseguía, o bien por agotamiento, o bien convenientemente aliñado; pero sobre todo, -y no es tópico- la fraternidad y el buen rollo que se respira (ya es difícil que donde se junten más de veinte mil personas no veas ni un solo altercado…), en serio, se empieza compartiendo alrededor de una hoguera lo que se tiene con gente que no conoces de nada, ni vas a volver a ver en tu vida, narrando experiencias moteras , y se termina ofreciendo tu casa y contando tu vida; y sobre todo, la vuelta, que en el estado físico en que terminas, consecuencia de lo anterior, resulta agotadora.
Pero el gusanillo ya te lo habías tragado con cualquier carajillo pingüinero con el que te obsequian, y estaba allí dentro, aletargado hasta que despertó con el calorcillo de Faro, y empezó a crecer, y crecer, y se convirtió en serpiente allá por primeros de diciembre. Desde entonces todo era volver, y volví…
La mañana del Jueves resultó magnífica. A las diez y media, después de haber pertrechado bien mi montura y ajustado la tienda, el saco y la plancha de poliuretano con el pulpo, salí hacia Madrid. Solo, pero emocionado, echando de menos a Edu (ya fuera en coche, o en moto, pero con él vas seguro –es nuestro Papáoso particular-), y a Eugenio (BMW F650). A ritmo tranquilo avanzaba hacia mi destino, disfrutando en cada parada para repostar de un carajillo. Al afrontar Despeñaperros, cuidado, entre las curvas ralladas y las umbrías, reduces el ritmo, y a medida que lo atraviesas, vas cogiendo confianza, pues, total, es media mañana, están hartos de pasar coches y camiones y no debe haber peligro… hasta que vuelves a la realidad al ver delante de ti un camión hacer un pase de baile poco ortodoxo y quedarse en la cuneta mirando hacia ti. Aparte de eso, el resto del camino hasta Madrid, sin novedad, aunque ya sin sol, pero con buena visibilidad. Allí, el reencuentro de dos amigos y la noche que se queda corta para charlar de todo. Al día siguiente, otra vez en ruta, (desde luego, qué suerte tienen los de Madrid, que todo les pilla igual de lejos, o de cerca), ya sólo 150 kms., un paseo en que ya ves que no vas a estar solo precisamente. Son cienes y cienes de motos en dirección a Valladolid.
Llegar, montar la tienda y dar una vuelta por el campamento te reconforta y compensa. ¡Ya has llegado! Y, por cierto, tampoco este año hace tanto frío, estos pingüinos se están amariconando… hasta que llegó la noche y empezó el mercurio a bajar, y a bajar y a bajar… hasta los 8 grados (por debajo de 0). Ni mi cuerpo ni mi moto estaban programados para eso. Yo lo superé, pero ella dijo que tururú, que no arrancaba. Ahí empecé a comprobar que el compañerismo no es sólo de boquilla: Chapeau por la peña Triumph (+ Aprilia), a cuya candela esa noche anterior me acerqué y compartí con ellos; se partieron el pecho empujando e intentando que echase a andar; también superior estuvo esa otra K75 que me prestó los cables y su batería, y los espontáneos que empujaban a ratitos hasta que llegué al taller que hay instalado en el campamento. Al final la cosa quedó sólo en tres bujías nuevas y un buen rato tirando de la batería de su furgoneta…
Esa tarde, ya había llegado Manu (BMW R1100R) desde Madrid, compramos algo para ofrecer (que no sea todo gorronear), y cuál no sería mi sorpresa cuando llega esta peña y terminan de emocionarme: habían comprado para mí en exclusiva en Valladolid, junto con las viandas para la candela ¡UN LITRO DE SAN MIGUEL! (teniendo en cuenta que ellos no bebían cerveza, es todo un detalle). Y ahí estuvimos toda la noche, entre la plaza pingüinos, con los espectáculos y la candela, agotando los últimos momentos pingüineros, ya que a la mañana siguiente (domingo), sólo tienes tiempo para recoger, cargar y marchar. Eso sí, qué mas divertido, para rematar la experiencia, que hacer todo eso bajo la lluvia, que ya nos acompañó hasta Madrid.
Desde allí, otra vez solo rumbo al sur, pero esta vez acompañado de otros tantos que volvían, como yo y hasta más lejos (Málaga, Granada, Sevilla, etc.) a los que me iba enganchando cuando la fatiga hacía mella (que ya no son 25 años!). Así que con esa táctica y las paradas pertinentes para repostar y tomar café, café y café, consegúi lo que parecía imposible: llegar a casa antes de que anocheciese, y además sano y salvo, aunque también es cierto que mi cuerpo no se ha recuperado todavía.
En resumen, que el gusanillo pingüinero, una vez que te lo has tragado, es imposible matarlo, sólo quedan dos opciones: aplacarlo cada temporada para que no se convierta en una piton que te asfixie, o azuzarlo para que no te convierta en vulgar lombriz.
RAFAGAS. JAVIER.