Cuando circulas en las primeras horas del día, cuando todavía el sol no enseña su rostro, pero la oscuridad se ha convertido ya en penumbra, los sentidos deben todavía estar más alerta que en el resto del día.
La carretera ya no es sólo, el parche blanco que se extiende delante nuestra provocado por la luz que extiende el foco de la moto, se ve algo más, o mas bien se intuye. Aquella mancha sospechosa que acabas de adivinar, ahora iluminada por la óptica es un perro muerto en mitad de la trazada, aquel brillo negruzco y, sospechoso, es ahora un reguero de agua que cruza la carretera, obligándote a enderezar la moto para darte esa seguridad que te falta cuando pisas agua.
Y eso hace que la velocidad que antes, mientras la luna era tu única compañera, era más reducida, ahora, paulatinamente vaya aumentando lentamente. Te sientes más seguro cuanta más luz desprende el incipiente amanecer.
Y es en ese precioso momento cuando me adentro en esa aldea, cuya única luz es el foco de mi moto, y la penumbra de un amanecer. Me la encuentro, tras una pronunciada bajada, con curvas contraperaltadas, con las casas de piedra justo al borde de la vía, reduzco una marcha, acaricio los frenos y me interno en su interior, observando una ventana iluminada aquí y otra allá, testigos del despertar de algunos y del sueño de otros.
Me cabreo, por ser el más madrugador, cuando de frente veo una moto verde, el verde Kawasaki de toda la vida, totalmente inclinada, llevada por alguien que se obstina en mantenerla sobre el asfalto mucho más deprisa de lo que mi prudencia aconsejaría, agarrándose con la rodilla como si de una ventosa se tratara. Con la mirada puesta en el infinito mientras nos cruzamos, yo pensando en mi mala suerte por tener que levantarme tan pronto y el...
¿El en que irá pensando?
Tal vez piense en que hoy va a conseguir llegar cinco minutos antes que ayer como si de estuviese clasificándose para una carrera en la Isla de Man. Tal vez piense en que tiene una moto cojonuda y me va a dejar impresionado cruzándose conmigo, totalmente tumbado, mientras el bemeuvero trata de mantener la barriga sobre el depósito de su hierro para abuelotes sin fronteras.
Porque yo, a lo mejor para el, soy un pijo con pasta que no sabe conducir, ni lo sabrá nunca y dejó el "serie cinco" en el garaje y la mujer en cama... porque hoy hacia sol y quería presumir delante de la secretaria de veintitantos, antes de que la crisis de los cincuenta le hiciese pensar que todas sus oportunidades de conquista habían acabado... tal vez.
Pero a lo mejor, no piensa nada y es su forma de conducir, igual que yo tengo la mía, y solamente soy yo el que lo estoy prejuzgando y el ni se ha percatado de mi presencia y, si lo ha hecho no me ha visto como un cuarentón con pasta, ni como un pijo de treintaintantos, a lo mejor sólo ha pensado que soy otro desgraciado igual que el, que tengo que pegarme un madrugón para ir a trabajar al quinto pimiento.
Tal vez, ni el ni yo, nos hemos etiquetado de ninguna forma, tal vez hasta lleguemos a conocernos y a caernos en gracia porque ambos compartimos algo en común.
Y tal vez el no tenga veintitantos, ni yo cuarentaitantos y sólo seamos dos caras de una misma moneda. Tal vez el no sea un loco en una kawasaki, ni yo un cuerdo en una Bmw.
Igual yo me cambiaría por el en ese mismo instante y disfrutaría de su confianza, de su serenidad dentro de la tensión de su conducción, de la adrenalina, de esa sensación que sólo se experimenta cuando un pegajoso par de neumáticos son lo que único que te aferran a ese equilibrio mágico entre estar y dejar de estar. Y sentiría la potencia concentrada en ese cuatro en línea que duplica los caballos que yo dejo correr al trote, mientras los suyos galopan desbocados e inagotables.
Tal vez lo tenemos todo en común y sólo nos separa la distancia que marcan las circunstancias personales de cada uno.
La carretera ya no es sólo, el parche blanco que se extiende delante nuestra provocado por la luz que extiende el foco de la moto, se ve algo más, o mas bien se intuye. Aquella mancha sospechosa que acabas de adivinar, ahora iluminada por la óptica es un perro muerto en mitad de la trazada, aquel brillo negruzco y, sospechoso, es ahora un reguero de agua que cruza la carretera, obligándote a enderezar la moto para darte esa seguridad que te falta cuando pisas agua.
Y eso hace que la velocidad que antes, mientras la luna era tu única compañera, era más reducida, ahora, paulatinamente vaya aumentando lentamente. Te sientes más seguro cuanta más luz desprende el incipiente amanecer.
Y es en ese precioso momento cuando me adentro en esa aldea, cuya única luz es el foco de mi moto, y la penumbra de un amanecer. Me la encuentro, tras una pronunciada bajada, con curvas contraperaltadas, con las casas de piedra justo al borde de la vía, reduzco una marcha, acaricio los frenos y me interno en su interior, observando una ventana iluminada aquí y otra allá, testigos del despertar de algunos y del sueño de otros.
Me cabreo, por ser el más madrugador, cuando de frente veo una moto verde, el verde Kawasaki de toda la vida, totalmente inclinada, llevada por alguien que se obstina en mantenerla sobre el asfalto mucho más deprisa de lo que mi prudencia aconsejaría, agarrándose con la rodilla como si de una ventosa se tratara. Con la mirada puesta en el infinito mientras nos cruzamos, yo pensando en mi mala suerte por tener que levantarme tan pronto y el...
¿El en que irá pensando?
Tal vez piense en que hoy va a conseguir llegar cinco minutos antes que ayer como si de estuviese clasificándose para una carrera en la Isla de Man. Tal vez piense en que tiene una moto cojonuda y me va a dejar impresionado cruzándose conmigo, totalmente tumbado, mientras el bemeuvero trata de mantener la barriga sobre el depósito de su hierro para abuelotes sin fronteras.
Porque yo, a lo mejor para el, soy un pijo con pasta que no sabe conducir, ni lo sabrá nunca y dejó el "serie cinco" en el garaje y la mujer en cama... porque hoy hacia sol y quería presumir delante de la secretaria de veintitantos, antes de que la crisis de los cincuenta le hiciese pensar que todas sus oportunidades de conquista habían acabado... tal vez.
Pero a lo mejor, no piensa nada y es su forma de conducir, igual que yo tengo la mía, y solamente soy yo el que lo estoy prejuzgando y el ni se ha percatado de mi presencia y, si lo ha hecho no me ha visto como un cuarentón con pasta, ni como un pijo de treintaintantos, a lo mejor sólo ha pensado que soy otro desgraciado igual que el, que tengo que pegarme un madrugón para ir a trabajar al quinto pimiento.
Tal vez, ni el ni yo, nos hemos etiquetado de ninguna forma, tal vez hasta lleguemos a conocernos y a caernos en gracia porque ambos compartimos algo en común.
Y tal vez el no tenga veintitantos, ni yo cuarentaitantos y sólo seamos dos caras de una misma moneda. Tal vez el no sea un loco en una kawasaki, ni yo un cuerdo en una Bmw.
Igual yo me cambiaría por el en ese mismo instante y disfrutaría de su confianza, de su serenidad dentro de la tensión de su conducción, de la adrenalina, de esa sensación que sólo se experimenta cuando un pegajoso par de neumáticos son lo que único que te aferran a ese equilibrio mágico entre estar y dejar de estar. Y sentiría la potencia concentrada en ese cuatro en línea que duplica los caballos que yo dejo correr al trote, mientras los suyos galopan desbocados e inagotables.
Tal vez lo tenemos todo en común y sólo nos separa la distancia que marcan las circunstancias personales de cada uno.