GRACIAS, POLICÍAS
POR JAVIER URRA, PSICÓLOGO/
Por la magnífica lección impartida «in situ» a seis chavales que circulaban en moto sin casco, al multarles por infligir la ordenanza de circulación e, inmediatamente después, invitarles a contemplar el esfuerzo de los sanitarios por salvar la vida de otro motorista que allí mismo había sufrido un gravísimo accidente y que, pese a llevar el casco, acabó perdiendo la vida. El hecho ha generado polémica. Hay quien estima que la educación preventiva ha de ser anterior y continuada. Sin duda. Los hay que argumentan que no se puede obligar a pasar por una situación tan traumática. No se les obligó, se les invitó, se les indicó.
Existe en el imaginario colectivo un sentimiento equívoco de que los niños, los jóvenes, pueden traumarse con facilidad. No es verdad. Ninguno de estos jóvenes quedará marcado con un estrés postraumático, pero sí recordarán lo vivido, lo real, mucho más eficaz que cualquier anuncio televisivo o consejo verbal dado.
Las circunstancias -que no fueron buscadas-, resultaron providenciales -¿quién puede negar que esta acción de los agentes haya salvado una vida joven?-. Hay mucha desorientación, hay padres que no se atreven a contradecir a los hijos, que los hiperprotegen hasta el maltrato.Siendo el primer Defensor del Menor, me encontré con algún caso en que los padres denunciaban a los agentes de Policía Municipal. ¿La razón? Detención ilegal. Investigados los casos, comprobamos fehacientemente que dichos agentes habían sido requeridos por ciudadanos que encontraron a niños y niñas de 13 y 14 años bajo los efectos devastadores de una ingesta masiva de alcohol, por lo que estos servidores de la Ley y de la Sociedad los condujeron a toda velocidad al hospital más próximo. Los padres, en vez de agradecer su diligencia, de dar las gracias a los profesionales sanitarios y de, pasadas las horas necesarias para superar la brutal borrachera -en un caso conllevó «delirium trémens», hablar con los hijos para interesarse por la razón profunda de esta autolesiva conducta, lo que hicieron es denunciar a los policías. Estamos perdiendo el norte. Estos policías con su acción han mostrado que no multan para recaudar, que desean ser pedagógicos, que les interesa y se preocupan por los ciudadanos, en este caso, jóvenes. Merecen respeto, es más, merecen el aplauso de la ciudadanía. Debemos educar todos, no sólo los padres -en ocasiones, abandónicos y miedosos-. ¡Y cómo no quienes han sido investidos de autoridad por los que conformamos la sociedad!
Estos agentes debieran ser condecorados, si bien la mejor insignia la tienen prendida de su corazón, saben que han obrado bien, muy bien. Me enorgullece en mi labor de defensa de los menores que ostenté como asesor de Unicef, como psicólogo de la Fiscalía y como ciudadano que tengamos profesionales con sentido común e implicados. Si actuaron así, es porque las circunstancias lo propiciaron, pero obviamente antes habían pensado en el poder del ejemplo. Lo han aprendido, cuando imparten clases en los colegios. ¿Resultó un impacto para los jóvenes? Posiblemente. Pero recordemos que iban sin casco y que lo importante es trabajar en favor de lo más esencial, su vida.
El alcance de lo realizado por estos agentes ha de cruzar fronteras físicas, pero sobre todo mentales. Antes de esta noticia, mucho antes, hemos proclamado la necesidad, ¡el derecho!, de que los jóvenes conozcan en la realidad -hospitales, centros de parapléjicos-, las consecuencias de los accidentes. Por ende aplaudimos el aprovechamiento de la situación. La pena, la gran pena, es la muerte del motorista, pese a llevar casco. Repito «pese a». No, esta sociedad no debe «asustarse de la sombra y agarrarse al bulto». Seamos coherentes, no hipócritas. La Defensa es de los Derechos esenciales, no los cercenemos con mojigaterías.
ABC, Madrid a 11 de agosto de 2004
Por fín alguien lo dice coherentemente.
POR JAVIER URRA, PSICÓLOGO/
Por la magnífica lección impartida «in situ» a seis chavales que circulaban en moto sin casco, al multarles por infligir la ordenanza de circulación e, inmediatamente después, invitarles a contemplar el esfuerzo de los sanitarios por salvar la vida de otro motorista que allí mismo había sufrido un gravísimo accidente y que, pese a llevar el casco, acabó perdiendo la vida. El hecho ha generado polémica. Hay quien estima que la educación preventiva ha de ser anterior y continuada. Sin duda. Los hay que argumentan que no se puede obligar a pasar por una situación tan traumática. No se les obligó, se les invitó, se les indicó.
Existe en el imaginario colectivo un sentimiento equívoco de que los niños, los jóvenes, pueden traumarse con facilidad. No es verdad. Ninguno de estos jóvenes quedará marcado con un estrés postraumático, pero sí recordarán lo vivido, lo real, mucho más eficaz que cualquier anuncio televisivo o consejo verbal dado.
Las circunstancias -que no fueron buscadas-, resultaron providenciales -¿quién puede negar que esta acción de los agentes haya salvado una vida joven?-. Hay mucha desorientación, hay padres que no se atreven a contradecir a los hijos, que los hiperprotegen hasta el maltrato.Siendo el primer Defensor del Menor, me encontré con algún caso en que los padres denunciaban a los agentes de Policía Municipal. ¿La razón? Detención ilegal. Investigados los casos, comprobamos fehacientemente que dichos agentes habían sido requeridos por ciudadanos que encontraron a niños y niñas de 13 y 14 años bajo los efectos devastadores de una ingesta masiva de alcohol, por lo que estos servidores de la Ley y de la Sociedad los condujeron a toda velocidad al hospital más próximo. Los padres, en vez de agradecer su diligencia, de dar las gracias a los profesionales sanitarios y de, pasadas las horas necesarias para superar la brutal borrachera -en un caso conllevó «delirium trémens», hablar con los hijos para interesarse por la razón profunda de esta autolesiva conducta, lo que hicieron es denunciar a los policías. Estamos perdiendo el norte. Estos policías con su acción han mostrado que no multan para recaudar, que desean ser pedagógicos, que les interesa y se preocupan por los ciudadanos, en este caso, jóvenes. Merecen respeto, es más, merecen el aplauso de la ciudadanía. Debemos educar todos, no sólo los padres -en ocasiones, abandónicos y miedosos-. ¡Y cómo no quienes han sido investidos de autoridad por los que conformamos la sociedad!
Estos agentes debieran ser condecorados, si bien la mejor insignia la tienen prendida de su corazón, saben que han obrado bien, muy bien. Me enorgullece en mi labor de defensa de los menores que ostenté como asesor de Unicef, como psicólogo de la Fiscalía y como ciudadano que tengamos profesionales con sentido común e implicados. Si actuaron así, es porque las circunstancias lo propiciaron, pero obviamente antes habían pensado en el poder del ejemplo. Lo han aprendido, cuando imparten clases en los colegios. ¿Resultó un impacto para los jóvenes? Posiblemente. Pero recordemos que iban sin casco y que lo importante es trabajar en favor de lo más esencial, su vida.
El alcance de lo realizado por estos agentes ha de cruzar fronteras físicas, pero sobre todo mentales. Antes de esta noticia, mucho antes, hemos proclamado la necesidad, ¡el derecho!, de que los jóvenes conozcan en la realidad -hospitales, centros de parapléjicos-, las consecuencias de los accidentes. Por ende aplaudimos el aprovechamiento de la situación. La pena, la gran pena, es la muerte del motorista, pese a llevar casco. Repito «pese a». No, esta sociedad no debe «asustarse de la sombra y agarrarse al bulto». Seamos coherentes, no hipócritas. La Defensa es de los Derechos esenciales, no los cercenemos con mojigaterías.
ABC, Madrid a 11 de agosto de 2004
Por fín alguien lo dice coherentemente.