Hoy la carretera deja de ser un simple trayecto para convertirse en una historia que se va escribiendo a golpe de acelerador. La jornada empezó temprano en Astana, dejando atrás la silueta futurista de la capital para adentrarnos en la inmensidad del paisaje kazajo. De nuevo, el asfalto abriéndose paso entre la estepa, el viento en el casco y esa libertad inconfundible que solo se siente sobre dos ruedas.
Llegamos a Karaganda justo a las 14:00.
Tras recuperar fuerzas con un buen almuerzo, nos lanzamos a recorrer y descubrir los rincones más emblemáticos de la ciudad. Quedamos impresionados con la espiritualidad y majestuosidad arquitectónica de la Mezquita Regional de Karagandá, la hermosa e imponente Catedral Católica de Nuestra Señora de Fátima y la elegancia de la catedral ortodoxa de color cielo Vvedenskiy.
Para conectar con el pulso de la ciudad, dimos un agradable paseo por el Parque Central (Park Kul'tury I Otdykha), y rendimos homenaje a la historia local ante el imponente Monument Mining Glory. Además, no dejamos pasar la oportunidad de sacar una divertida foto del famoso monumento “¿Dónde, dónde?... ¡En Karagandá!” (Gde-Gde), que hace honor a la célebre frase popular kazaja.
Paseando por sus parques, es imposible no contagiarse de la vida tranquila que se respira: en cada rincón, grupos de mayores se reúnen en torno a las mesas para pasar la tarde entre partidas de ajedrez, damas o cartas, compartiendo risas, estrategia y buena conversación.
Pero lo mejor de viajar en moto no son solo los lugares, sino las personas que te encuentras en el camino.
Hoy la amabilidad de la gente nos ha dejado sin palabras: primero, unos policías nos hicieron una señal para que parásemos con la única intención de saludarnos con una sonrisa enorme, hacernos una pequeña entrevista que grababan con el móvil y finalmente, ¡pedirnos una foto de recuerdo!
Poco después, mientras buscábamos una dirección el GPS, un chico se acercó con su moto lleno de curiosidad hacia Manolo para preguntarle sobre nuestro viaje, fascinado por la ruta y por las motos. Esos pequeños gestos de calidez son los que realmente le dan sentido a hacer miles de kilómetros.
Seguimos caminando por las avenidas de Karaganda, algo que atrapa la mirada de inmediato son sus impresionantes murales. Enormes fachadas de edificios lucen pinturas magníficas con temas de lo más variados: desde escenas que rinden homenaje al pasado industrial y espacial de la región, hasta coloridas obras contemporáneas y retratos culturales. Esta abundancia de arte urbano no es casualidad; responde a un vibrante programa de revitalización que busca transformar el paisaje urbano gris de la era soviética en una galería al aire libre. La ciudad utiliza sus propios muros como lienzos para celebrar su identidad, darles color a los largos inviernos y conectar a la comunidad a través de la creatividad.
Cae la tarde y nos retiramos a descansar con la retina llena de arte y el corazón agradecido por la hospitalidad de esta tierra. Mañana nos espera un día largo adentrándonos en el desierto… Solo respirar y a seguir rodando para llegar a casa.
