El día ha amanecido con ese brillo limpio que presagia las buenas etapas. Antes de que la carretera llamara a la puerta, nos aseguramos de sentarnos a la mesa para regalarle al cuerpo un buen desayuno, de esos que preparan el ánimo para los kilómetros que quedan por delante.
Acompañados por una temperatura suave y bondadosa, pusimos rumbo hacia Balkhash con la sensación de que el camino hoy sería ligero.
Dejar atrás el entorno industrial de Karagandá fue como adentrarse paulatinamente en el corazón desnudo del país. A lo largo de más de cuatrocientos kilómetros, la carretera M36 se transforma en una cinta que corta una estepa infinita, salpicada por suaves ondulaciones del terreno y horizontes que parecen no tener fin. El viaje antes de llegar a Balkhash tiene esa cualidad hipnótica propia de los grandes espacios abiertos: pastos bajos teñidos de dorado por el sol, pequeños rebaños que pastan a lo lejos como puntos suspendidos en la nada, manadas de caballos ligeros como el propio viento y estepas tan extensas que hacen que cualquier viajero se sienta diminuto.
Mientras rodamos sin pausa vemos que la carretera está flanqueada por altas barreras de madera… que sin duda nos indica que el invierno desata ferozmente sus ventiscas de nieve y estas barreras actúan como silenciosas guardianas del camino. Colocadas estratégicamente a lo largo de la ruta, reducen la fuerza del viento para forzar a la nieve en suspensión a caer y acumularse a sus pies. De este modo, evitan que las ráfagas creen peligrosos ventisqueros en el asfalto, manteniendo la carretera abierta, segura y despejada en una de las regiones climáticas más desérticas y hostiles del mundo.
Hemos hecho un par de paradas en esos descansos señalizados de carretera que tienen un encanto humilde y auténtico para tomar un reconfortante café de sobre de 3 en 1 (café, leche y azúcar) rodeados del silencio atronador de la estepa, con la sola compañía del viento constante y esas letrinas de campo que forman parte indisoluble de la mística de las rutas por estas latitudes. En esos momentos de pausa, con la taza caliente entre las manos, se siente verdaderamente la esencia solitaria de Kazajistán.
A medida que nos acercábamos a nuestro destino, el paisaje comienza a cambiar sutilmente, tornándose más seco y árido, anunciando la cercanía de la gran cuenca del lago. Al entrar finalmente en Balkhash, la carretera nos entregó al calor de un coqueto apartamento de alquiler, un refugio perfecto junto al lago para bajar las revoluciones. Tras instalarnos, fuimos a un supermercado local a comprar algo para la cena con la curiosidad despierta de quien busca entender un lugar a través de sus estanterías. Nos perdimos entre los pasillos curioseando los productos locales, hasta que algo nos llamó poderosamente la atención: los frascos de huevas de pez a un precio ridículamente barato. Impulsados por el descubrimiento, compramos un tarro de huevas rojas a 1€ para salir de dudas y, para nuestra grata sorpresa, resultaron estar riquísimos, todo un manjar imprevisto para coronar la noche.
Con el cielo empezando a teñirse de tonos cálidos, bajamos a dar un paseo por la orilla del lago que posee una característica biogeográfica única: su mitad occidental es de agua dulce y la mitad oriental es salada.
El atardecer tiñó el agua de matices dorados mientras observábamos la vida cotidiana fluir sin prisa: los niños pescando en la orilla, las risas de los juegos infantiles y la calma de quienes simplemente aguardan la caída del sol.
Mañana nos espera una etapa larga y dura hasta llegar a Shu. Ya vamos siendo conscientes de que hemos entrado en esa fase de tránsito para alcanzar Bishkek y dar el broche final a este viaje azaroso, pero profundamente vivido, al corazón de Kazajistán… un país que ha merecido la pena conocer en profundidad.
