KIRGUISTAN, KAZAJISTAN - Almas Nómadas 2ª Etapa

Muy bueno, Manuel. Y exótico para nosotros, claro.

Lo que se ve son buenas carreteras o no os habéis quejado cuando menos.

Además, gasolineras con combustible de calidad y a buen precio.

Fenomenal todo (por el momento naturalmente)...

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Esa sensación de asfalto infinito, la mente rodando a su ritmo y la inmensidad de la estepa es la esencia viva de viajar en moto. Da gusto leerte y viajar contigo a través de tus palabras y fotos. :)
 
Muy bueno, Manuel. Y exótico para nosotros, claro.

Lo que se ve son buenas carreteras o no os habéis quejado cuando menos.

Además, gasolineras con combustible de calidad y a buen precio.

Fenomenal todo (por el momento naturalmente)...

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Si, las carreteras no tienen ninguna queja, buen asfalto y las autopistas con una velocidad máxima de 140 Km/h, aunque como entodos lados hay quien sobrepasa con creces ese límite :D.

Eso si cuando hay un paso de peatones indicado con reducción a 40 Km/h, todo el mundo pasa a esa velocidad. Me ha sorprendido muchísimo el respeto que tienen por los pasos de peatones tanto en ciudad como en carretera.

En Kazajistan no ha habido problemas para repostar 95 en cualquier gasolinera donde hemos repostado, no así en Kirguistan, que la mayoría incluso en la capital era a 92 octanos.
 
Día 6 y 7: desde Usharal a Ayagoz y a Semey (~700 kms)

Hay días en los que la carretera no te da tregua, pero a cambio te regala estampas que se quedan grabadas para siempre. Hoy dejamos atrás Ayagoz —un pueblo minero gris y con poca arte— para completar casi 400 kilómetros bajo una lluvia espesa y fría hasta alcanzar Semey. El termómetro nos ha recordado dónde estamos con un desplome brutal de la temperatura en 20 °C menos que ayer. El frío húmedo se sentía en cada curva y en cada recta infinita calándote hasta la médula mientras las nubes juguetonas estaban al alcance de nuestra mano…

El asfalto, de doble sentido, nos ha sorprendido para bien: está en muy buen estado, salvo por algunos tramos fresados aún en proceso de reasfaltado. Pero la verdadera batalla venía del tráfico. Cada vez que nos cruzábamos con un camión de frente, el rebufo nos succionaba al pasar a apenas unos centímetros de Wally, devolviéndonos a la realidad con una nube de agua barrosa. La visera del casco quedaba completamente ciega en un segundo... era exactamente igual que si el camionero nos tirara a la cara un barreño de agua sucia desde la ventanilla.

Sin embargo, la estepa kazaja tiene una belleza magnética incluso bajo el clima más adverso. Ver la inmensidad del paisaje salpicada de caballos paciendo con absoluta serenidad, indiferentes al agua y al viento, te transmite una paz difícil de explicar.

El único contrapunto a la monotonía del camino ha sido un interminable tren de carga que arrastraba con pereza más de 50 contenedores de colores sobre el horizonte.

Hoy no he podido sacar fotos… pero cada imagen digna de ser fotografiada y cada instante vivido se ha quedado prendido en esa alma nómada que camina por las infinitas sendas del mundo que son mi lugar favorito para apoyar la cabeza y seguir respirando… en calma.

Llegar a Semey ha sido un alivio, con la lluvia aun azotándonos la espalda. Sin tiempo que perder, salimos a buscar un cambio de euros a rublos y, sobre todo, una buena capa de ropa térmica. Los pronósticos amenazan con bajar de los 0 °C en las próximas jornadas y toca abrigarse para lo que viene.

Reflexión de etapa:

Viajar en moto por lugares así te expone a los elementos y a la incomodidad, pero es precisamente ahí donde reside la magia. Cuando el frío aprieta y el agua busca filtrarse por las costuras, te das cuenta de que la libertad no siempre es un camino soleado y fácil; también es la capacidad de contemplar la inmensidad, aceptar la dureza del entorno y encontrar belleza en el aislamiento. La carretera nos quita el confort, pero nos devuelve la certeza de sentirnos vivos.

Mañana cruzamos otra frontera que nos acerca a Mongolia.

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Gracias por compartir vuestros viajes. Una consulta, me ha llamado la atención viendo las fotos que casi todos los puestos de venta tanto en los mercados como los callejeros tienen un cartel con un codigo QR, sabeis para que son, si son para pagar o de venta online. 😆😆
Perdonar mi ignorancia
Saludos y Vsss
 
Mañana conoceremos los detalles sobre lo que pasó en la frontera y el consecuente cambio de enfoque.

Seguiremos atentos...

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¡Eso es mototurismo en estado puro, Manuel! La estepa no regala nada, pero por lo que cuentas, esa dureza es la que hace que el viaje se grabe a fuego.
Menuda paliza de agua y frío, pero la recompensa de esos paisajes y la paz de los caballos lo vale todo.
 
Gracias por compartir vuestros viajes. Una consulta, me ha llamado la atención viendo las fotos que casi todos los puestos de venta tanto en los mercados como los callejeros tienen un cartel con un codigo QR, sabeis para que son, si son para pagar o de venta online. 😆😆
Perdonar mi ignorancia
Saludos y Vsss

Correcto, el QR es para pagos con el móvil, cada puesto tiene expuesto su QR y el comprador a través de una app escanea el código y paga, luego solo tiene que enseñar el la pantalla del móvil al vendedor.

El sistema de pagos está muy avanzado, ya que en la yurta mas recóndita, ubicada en la nada con conexión satelite y placas solares, puedes pagar con datafono o a través de la app.
 
¡Eso es mototurismo en estado puro, Manuel! La estepa no regala nada, pero por lo que cuentas, esa dureza es la que hace que el viaje se grabe a fuego.
Menuda paliza de agua y frío, pero la recompensa de esos paisajes y la paz de los caballos lo vale todo.

Ha sido uno de los días más intensos que hemos vivido, en todos los sentidos... Muchos kilómetros metidos en la lluvia, el frio que acompañaba a esta y sobre todo el spray de los camiones, que como relata Tacirupeca eran auténticos calderos de agua sucia la que nos caía al paso de cada uno.

Al terminar la etapa Tacirupeca estaba temblando de frío y no es que no estuviéramos protegidos, el traje es Gore-Tex tricapa, por lo que no llegamos a mojarnos mucho, su protección fue fundamental, aunque tantos kilómetros bajo la lluvia el agua siempre encuentra alguna rendija para entrar... de capas teníamos puesta una camiseta térmica, una camiseta de manga corta y una cazadora de primaloft, tipo "Revit Solar 3"... suficiente pensamos para este viaje en esas fechas.... pero no fue así. esa misma tarde compramos unos forros polares, que utilizamos solo al dáa siguiente, ya sin lluvia y solo por la mañana.
 
Gracias por compartir esta fabulosa crónica.

Viendo los retretes no parece que disfruten una vida muy "cómoda".

No creas, es algo intrínseco de aquella zona, están acostumbrados a hacer sus cosas gordas en cuclillas, de hecho en áreas de servicio más modernas encuentras de los dos tipos de acomodo para hacerlas... la europea y la de cuclillas.

Y en cuanto a comodidades, piensa que los abuelos de esta gente era nómada y vivía en yurtas, por lo que para lo que a nosotros nos parece una incomodidad, para ellos es normalidad.
 
Imposible resumirlo más‼️

Días 9 y 10: Semey - Frontera Rusia- regreso a Kazajistán (


Amanecimos en Semey con esa sensación única que solo te da el viaje en moto: un día amable y radiante, con un cielo de nubes y claros que invitaba a soñar. La primera parada fue una oficina de cambio para convertir nuestros euros a rublos (1 € = 100 rublos). Sabíamos que a media mañana estaríamos rozando la frontera con Rusia y nos habían advertido que allí ni los cajeros dan dinero ni los hoteles aceptan tarjetas. Todo en efectivo. Tarea hecha.

Aprovechamos las primeras horas para recorrer algunos rincones especiales de Semey. Visitamos el parque con el impresionante y sobrecogedor monumento "Más fuerte que la muerte", además de algunas iglesias curiosas. Con el alma llena y la ilusión intacta, pusimos rumbo a la frontera rusa, a tan solo 110 kilómetros de distancia.

Llegamos a las 12:00 h. Salir de Kazajistán fue cuestión de 10 minutos, un suspiro. Nos pusimos en la cola para entrar a Rusia y, tras una hora de espera bajo el sol, levantaron la barrera. Entramos a la zona de control de pasaportes. Lo primero que me sorprendió fue la extrema juventud de los policías fronterizos: ninguno llegaba a los 30 años, pero mostraban una frialdad y una distancia absolutas, carentes de cualquier atisbo de empatía.

A las 13:00h cogieron nuestra documentación. De pronto, la agente que nos atendía recogió todo y se lo llevó corriendo al despacho del jefe… ¡qué raro! Pasaban los minutos y toda la gente que había entrado con nosotros iba saliendo con sus papeles aprobados rumbo a Rusia.

Nos llamó a su despacho el jefe de fronteras y nos hizo una pequeña entrevista sobre nuestro trabajo, donde vivíamos, datos personales, nos pidió el número de teléfono y WhatsApp y poco más.

Pasaron dos horas eternas hasta que un joven policía de marcado corte soviético —gorra de plato, pelo rapado excepto por un largo mechón que le caía sobre la mitad de la cara y unos ojos azules grisáceos helados— se acercó, nos miró fijamente y soltó: “¡Hay problemas!”. Y se fue.

Volvía a entrar gente, sellaban, se iban… y las horas seguían pasando. Dos horas más tarde (ya llevábamos cuatro allí), desesperados y sin noticias, me acerqué a la oficina a preguntar qué ocurría. La misma chica que me había atendido en inglés cuatro horas antes, me miró fijamente y me dijo en inglés que no hablaba inglés. Me quedé perpleja.

Aquel puesto de control era una especie de zulo formado por dos contenedores metálicos repletos de carteles informativos en ruso. Sin cobertura en los teléfonos, ni siquiera podíamos usar el traductor. La impotencia empezaba a pesar.

A las 18:00 h, ya realmente preocupados, reapareció el joven del flequillo. Me dijo que pasara sola a un cuartillo. Llevaba en la mano un tocho de folios escritos en ruso. Le habló al micrófono de su teléfono (él sí tenía cobertura) y me puso el audio traducido al español: el artículo tal de la ley rusa de no sé qué decía que habíamos cometido una infracción administrativa porque nuestro visado no era correcto. Que nos aplicaban la multa más baja, pero que debíamos regresar al consulado en Kazajistán para que nos dieran un nuevo visado.

Os podéis imaginar cómo me quedé después de 7 horas de incertidumbre. Le pregunté a qué infracción se refería exactamente, y su única respuesta fue volver a darle al play del audio mientras miraba al techo. Lo peor vino después: me plantó delante el taco de papeles en ruso para que los firmara sin saber qué ponía. Al preguntarle, me dijo a través del traductor “es lo que dice la norma del audio”. Seguidamente llamó a Manolo y repitió exactamente la misma operación. Ni siquiera nos dieron una copia. Nos acompañó hasta Wally (nuestra fiel moto) y nos dijo que ya nos podíamos ir.

Eran las 22:00 h. Noche cerrada y un frío del carajo. Nos tocaba deshacer el camino y volver a entrar a Kazajistán.

Al llegar al control kazajo nos preguntaron qué había pasado. Se lo explicamos y simplemente se encogieron de hombros… supongo que nos vieron la cara de derrotados. El policía cogió los pasaportes y nos pidió que esperáramos mientras hablaba con su superior. A los 10 minutos vino el jefe, otro chico joven, pero con cara de buena gente (o al menos así lo percibí en medio del agotamiento). Nos dijo con mucha sensatez que era muy tarde para regresar a Semey —un trayecto de dos horas por carreteras peligrosas, de mal asfalto y llenas de animales sueltos por la noche— y se ofreció a llevarnos a una pensión humilde a 10 minutos de allí.

Aceptamos encantados. Manolo se fue rodando en la moto y el jefe me llevó a mí en el asiento trasero de su coche.

Llegamos a la pensión y… bueno, era para ponerse a llorar. Dormimos en un sofá cama vencido, en una habitación compartida y sin opción a cambiarnos de ropa.

Pero la noche aún nos guardaba una última sorpresa: a las dos de la mañana, cuando por fin intentábamos conciliar el sueño, la policía kazaja apareció de repente en la habitación buscándonos. Despertaron a Manolo y le hicieron una entrevista para entender los motivos exactos de nuestra devolución desde Rusia: cuál era nuestra ruta, de dónde veníamos, a dónde nos dirigíamos... Al terminar la entrevista, hicieron una llamada por teléfono a algún superior para dar el parte y, finalmente, se marcharon amablemente.

La noche se hizo larguísima, pero fue infinitamente más segura que haber arriesgado la vida en la carretera. Desde aquí quiero dejar un mensaje de profundo agradecimiento a este policía kazajo que se interesó de verdad por dos viajeros perdidos e hizo todo lo que estuvo en su mano para ayudarnos.

Esta mañana hemos regresado a Semey. Hemos aprovechado para visitar algunos rincones que nos quedaron pendientes ayer, nos hemos regalado una pizza de escándalo para reponer fuerzas y… nos hemos puesto manos a la obra para replanificar la ruta.

Porque esto también es viajar en moto. Las fronteras se cierran, los planes cambian y los mapas se rediseñan sobre la marcha, pero la carretera sigue ahí esperándonos. ¡La aventura continúa!​


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Vaya experiencia de frontera Demio. Como profesional de la extranjería me hubiera gustado saber cual fue el problema si es que hubo uno real. Que esa es otra, menuda indefensión, sin traducción, sin explicaciones, sin copia de nada....
 
Vaya experiencia de frontera Demio. Como profesional de la extranjería me hubiera gustado saber cual fue el problema si es que hubo uno real. Que esa es otra, menuda indefensión, sin traducción, sin explicaciones, sin copia de nada....

Aún seguimos nosotros preguntándonos cual fue el problema... Aunque todos tengamos una idea aproximada...

íbamos con los deberes hechos en cuanto a documentación... visados de 90 días y en fechas, pasaportes con más de seis meses a caducar, seguro médico específico para ese país, seguro a terceros para la moto, también específico para ese país, carnet de conducir internacional, reservas de hoteles durante los días que ibamos a utilizar para el tránsito a Mongolia, ruta detallada de paso hacia Mongolia...

Todo lo necesario según su web de extranjería.

Solo nos dijeron que no reuníamos los requisitos para entrar.....
 
(...)
Solo nos dijeron que no reuníamos los requisitos para entrar.....

Un atropello en toda regla contra lo que no hay nada que hacer. Qué lamentable todo y más cuando ya estabais en Kazajistán, país que al igual que Rusia y Kirguistán, pertenece a la UEE (Unión Económica Euroasiática), lo que hace que la aduana y la importación temporal te vale el de uno de ellos para el resto siendo necesario sólo el control de documentación y visado, por eso la gente pasaba tan rápidamente como decíais y por eso es todavía más clamoroso el abuso sufrido.

En fin, ya nos contareis qué otros lugares o rutas hicisteis.

Por lo demás, fantásticas imágenes de Semey (aunque os quedaría una sensación que tardaríais días en digerir)...

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¡Menuda odisea y qué mal trago pasasteis en la frontera con Rusia! Siete horas de incertidumbre, indefensión absoluta y tener que firmar papeles sin traducir es un atropello en toda regla.

Menos mal que os topasteis con la hospitalidad del jefe kazajo para no arriesgar por la noche. Esto también es parte de la aventura; las fronteras se cierran pero las rutas se rediseñan.

¡Mucho ánimo con la nueva planificación, os seguimos leyendo con ganas!
 
Un atropello en toda regla contra lo que no hay nada que hacer. Qué lamentable todo y más cuando ya estabais en Kazajistán, país que al igual que Rusia y Kirguistán, pertenece a la UEE (Unión Económica Euroasiática), lo que hace que la aduana y la importación temporal te vale el de uno de ellos para el resto siendo necesario sólo el control de documentación y visado, por eso la gente pasaba tan rápidamente como decíais y por eso es todavía más clamoroso el abuso sufrido.

En fin, ya nos contareis qué otros lugares o rutas hicisteis.

Por lo demás, fantásticas imágenes de Semey (aunque os quedaría una sensación que tardaríais días en digerir)...

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Correcto, es parecido a la comunidad europea, aunque allí no existe algo similar al espacio Schengen, en el que el transito de personas y mercancías es libre, pero el proceso es mucho mas ligero para ellos.

Si, eso a mi personalmente me dejó con sabor agridulce, te rompen un esquema trabajado durante meses y te obligan a cambiar el chip del viaje sobre la marcha. Lo bueno es compartir esos momentos con otra persona que te conoce y sobre todo como ella dice en su perfil de whatsapp "optimista por naturaleza" eso hace que te repongas antes del mal momento.
 
¡Menuda odisea y qué mal trago pasasteis en la frontera con Rusia! Siete horas de incertidumbre, indefensión absoluta y tener que firmar papeles sin traducir es un atropello en toda regla.

Menos mal que os topasteis con la hospitalidad del jefe kazajo para no arriesgar por la noche. Esto también es parte de la aventura; las fronteras se cierran pero las rutas se rediseñan.

¡Mucho ánimo con la nueva planificación, os seguimos leyendo con ganas!

Si, es cierto, ese hombre nos llevó al alojamiento y antes de llegar paró en una pequeña tienda junto a la carretera, allí compre agua y unos yogures para cenar y el compro un par de minipizzas para nosotros, una botella grande de cocacola y unos snack, a la hora de pagar mi intención era pagar yo todo, pero no me dejó. En el alojamiento, no se marchó hasta que nos vio ya acomodados.
 
Día 10: de Semey a Pavlodar

Hay trayectos que no se miden en kilómetros, sino en las historias que nos cuentan. Dejamos atrás la huella silenciosa y la memoria doliente de Semey, ligada al hecho de haber sido el epicentro del programa de pruebas nucleares de la Unión Soviética durante la Guerra Fría, para adentrarnos en la inmensidad de las estepas, allí donde la tierra se abraza con el horizonte.

Durante el viaje hacia Pavlodar, la vista parecía perderse en un mar infinito de tonos dorados, bajo una bóveda azul donde las nubes avanzaban lentas, como un manso rebaño de ovejas por la vasta estepa del cielo, vistiendo de lana blanca la serenidad del aire.

Nos detuvimos en el único punto de vida y café en más de doscientos kilómetros de nada. Al cruzar la puerta nos atendió una anciana de mirada curiosa que intentaba desgranarnos el menú sin demasiado éxito. En un perfecto y fluido kazajo, comenzó a interrogarnos sobre de dónde veníamos y hacia dónde íbamos, la familia etc.. Le respondimos con sonrisas, gestos y toda la amabilidad posible, sosteniendo esa entrañable conversación sin idioma hasta que, finalmente, quedó satisfecha con nuestras respuestas.

Al llegar a Pavlodar, la ciudad nos acogió con una calma que te reconforta por dentro. Nuestro recorrido nos llevó primero ante la impresionante Mezquita Mashkhur Zhusup, con sus minaretes alzándose orgullosos y sus tonos azul turquesa desafiando al propio cielo. Muy cerca de allí, la Catedral de la Anunciación nos regaló la belleza serena de sus cúpulas doradas, recordando que en este rincón del mundo la fe y las culturas conviven en un abrazo armónico.

Pasear por el centro fue como hojear un libro de recuerdos: nos detuvimos a admirar las encantadoras casas típicas antiguas, de madera tallada y ventanas llenas de detalles, y nos cruzamos con la sobria elegancia del teatro, verdadero corazón cultural de la ciudad.

El destino nos tenía reservado el mejor regalo al caer la tarde en el paseo a orillas del río Irtysh. Mientras caminábamos bordeando la corriente, el aire se llenó de vida: un concierto al aire libre de folclore kazajo envolvía el ambiente. El repique tradicional de las cuerdas del dombra mezclado con el murmullo del agua y la calidez de la gente convirtió el atardecer en pura magia.

Son estos instantes inesperados los que le dan sentido a cada kilómetro recorrido.

Mañana pondremos rumbo a "Aranâ", la capital de Kazajistán. Os espero

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(...) habíamos cometido una infracción administrativa porque nuestro visado no era correcto. Que nos aplicaban la multa más baja, pero que debíamos regresar al consulado en Kazajistán para que nos dieran un nuevo visado.

Imagino que valoraríais esa posibilidad: obtener un nuevo visado, incluso intentar entrar por otro sitio: p. ej. Zhelezinka (dirección Omsk) ya que un nuevo visado igual os dicen que sí, pero en 7 días (o 10, 15, etc... teniendo en cuenta sus protocolos).

En fin, seguro que hicisteis todas las cábalas y optasteis por lo más conveniente.

Bonitas imágenes de Pavlodar (y)

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Imagino que valoraríais esa posibilidad: obtener un nuevo visado, incluso intentar entrar por otro sitio: p. ej. Zhelezinka (dirección Omsk) ya que un nuevo visado igual os dicen que sí, pero en 7 días (o 10, 15, etc... teniendo en cuenta sus protocolos).

En fin, seguro que hicisteis todas las cábalas y optasteis por lo más conveniente.

Bonitas imágenes de Pavlodar (y)

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Lo del visado, fue una excusa, el que llevaba era de la Embajada de Madrid, además de que como tu bien dices, era perder una semana minimo, si no mas, visto el tiempo que nos tuvieron en frontera esperando una respuesta que estaba decidida antes de llegar....

Y entrar por otra frontera, entendiamos que nuestros datos ya estaban registrados en los servidores fronterizos y por lo tanto, nos darían la vuelta de nuevo, además que subir suponía invertir mas tempo en el recorrido y este, estaba muy medido.
 
Última edición:
Pues ya se que solo seria derecho al pataleo, pero yo me pegaba el gustazo de presentar una reclamacion por escrito en la Embajada Rusa en Madrid , por incumplimiento de las normas internacionales y el trastorno causado sin justificacion en condiciones lamentables ...
 
Después del trago tan amargo, la tremenda indefensión y las 7 horas atrapados en ese zulo de la frontera rusa, ya tocaba que la carretera os regalara un día de calma y desconexión. Esos kilómetros rodando por la inmensidad de la estepa, con los tonos dorados y el cielo cubierto de "nubes de lana", transmiten una paz increíble solo con leerte.

¡Es el poder curativo de la moto en estado puro!:)
 
Pues ya se que solo seria derecho al pataleo, pero yo me pegaba el gustazo de presentar una reclamacion por escrito en la Embajada Rusa en Madrid , por incumplimiento de las normas internacionales y el trastorno causado sin justificacion en condiciones lamentables ...
Para una respuesta sibilina, con retranco, me quedo donde estoy.

Eso tuvo su momento, el recuerdo ha sido solo para contarlo, ya está olvidado y a otra cosa.
 
Día 11: de Pavlodar a Astana.

La estepa kazaja tiene una forma peculiar de enseñarte lo que significa el silencio. Salimos de Pavlodar temprano, sabiendo que nos esperaban por delante 450 kilómetros de asfalto, horizonte infinito y esa sensación de estar rodando en los confines del mapa.

Esta etapa no ha sido de curvas, sino de inmersión total. Durante horas, el zumbido del motor ha sido la única banda sonora en medio de la nada. A los lados del camino, la vastedad de la estepa profunda solo se interrumpía por alguna manada de caballos enjutos que vagan libres siguiendo un rastro fantasma en el viento o la silueta solitaria de viejos túmulos funerarios salpicando los arcenes, recordándonos que por estas mismas tierras cruzaron nómadas mucho antes de que existieran las carreteras.

Esos túmulos son necrópolis que señalan las antiguas vías de trashumancia y de la Ruta de la Seda, donde servían para orientarse y marcar el territorio. La diferencia en su arquitectura refleja la jerarquía y recursos del difunto: mientras las llamativas cúpulas azules rinden homenaje a grandes líderes o familias acomodadas utilizando el color tradicional del cielo y la eternidad, las estructuras más básicas de adobe o ladrillo pertenecen a familias humildes y suelen imitar la forma circular de una yurta para simbolizar su último hogar en la estepa.

Es un paisaje que te encoge, que te obliga a bajar las revoluciones de la cabeza mientras Wally devora los kilómetros.

Pero Kazajistán es pura contradicción.

Tras horas de aislamiento y horizonte desértico, el perfil urbano de Astana emergió de repente en la distancia como un espejismo de cristal y acero. El contraste no pudo ser más brutal: pasar de la soledad absoluta de la estepa a la energía de una capital vibrante, futurista y llena de vida.

Dejamos a Wally descansando, nos quitamos el polvo del camino y vamos directo a buscar el mejor premio para el final del día: la caída del sol. Caminar a la orilla del río Ishim, bordear el parque central y cruzar el icónico Puente Atyrau con los reflejos dorados del atardecer sobre los rascacielos es, sin duda, la mejor bienvenida que esta ciudad nos podía dar.

El Puente Atyrau es casi una escultura futurista posada sobre el agua. Me ha impactado su forma orgánica y envolvente, inspirada en las escamas del esturión del Mar Caspio. Cruzarlo al atardecer tiene algo de mágico. A medida que nos adentramos en su estructura, los miles de paneles metálicos entrelazados van filtrando los últimos rayos dorados del sol, creando un juego de luces y sombras hipnótico sobre el suelo de madera. Por dentro parece que caminamos por el vientre metálico de un pez gigante o un túnel del tiempo que conecta la tranquilidad verde del parque central con el ritmo palpitante de la ciudad moderna. Cuando cae la noche, el puente parece flotar sobre la penumbra del Ishim, reflejando su silueta sinuosa en la superficie del agua mientras la gente se reúne a fotografiar el horizonte iluminado de Astana y sus hermosos edificios que despiertan fantasías.

Mañana exploraremos esta ciudad increíble, pero ahora toca descansar.

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Se ve una ciudad moderna, limpia y con zonas de esparcimiento no exenta de atractivos. No figuraba en el plan inicial (al menos a la ida), pero por fortuna algo que merece la pena conocer como nos mostráis.

Las carreteras en ese área también parecen estar a la altura. Todo ayudará a ir despejando lo de la frontera rusa...

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Menudo contraste el de esta última etapa. Después de la inmensidad, el silencio y la historia que se respira entre los caballos y los túmulos funerarios de la estepa, toparse de golpe con el perfil futurista de Astana tiene que ser un choque brutal.

Desde luego, la descripción que haces del Puente Atyrau al atardecer y ese diseño que emula las escamas del esturión te transporta allí mismo. Es el mejor premio para olvidar definitivamente el mal trago y las horas perdidas en la frontera rusa.

¡Wally se está portando como una campeona devorando kilómetros!:)
 
Menudo contraste el de esta última etapa. Después de la inmensidad, el silencio y la historia que se respira entre los caballos y los túmulos funerarios de la estepa, toparse de golpe con el perfil futurista de Astana tiene que ser un choque brutal.

Desde luego, la descripción que haces del Puente Atyrau al atardecer y ese diseño que emula las escamas del esturión te transporta allí mismo. Es el mejor premio para olvidar definitivamente el mal trago y las horas perdidas en la frontera rusa.

¡Wally se está portando como una campeona devorando kilómetros!:)

Cierto, Wally está trabajando como a estas mostos les gusta, devorando kilómetros y kilómetros, ofreciendo seguridad y confort a los pasajeros
 
Día 12: Astana

Hay días en los que un viaje deja de ser una simple ruta en el mapa para convertirse en una lección de asombro. Hoy ha sido uno de esos días en Astaná, una ciudad donde el futuro y la tradición no solo conviven, sino que bailan bajo el mismo cielo azul.

Empezamos la jornada ante la silueta colosal del Khan Shatyr, esa inmensa carpa transparente que parece desafiar las leyes de la arquitectura y que adentro guarda un universo entero, casi como un oasis en medio de la estepa.

A pocos pasos, la curiosa y nostálgica forma de platillo volante del Capital Circus nos sacó una sonrisa, recordándonos que esta capital también sabe jugar y soñar.

El tono del día cambió hacia algo más íntimo al llegar a la Mezquita Nur-Astana. Sus cúpulas doradas y su elegancia blanca imponen un silencio casi místico que te invita a pausar el ritmo y simplemente contemplar.

Pero si hay un corazón que late en esta ciudad, ese es el Nurzhol Boulevard. Caminar por este eje es ver desplegarse la ambición de una nación. En medio de este paseo se levanta la emblemática Torre Bayterek; subir a ella y contemplar el horizonte desde su esfera dorada es entender la leyenda del árbol de la vida y el huevo del ave mítica Samruk. Desde arriba, la ciudad parece un tablero de ajedrez futurista.

Toda la Torre Bayterek está basada en el mito kazajo del ave sagrada Samruk, que ponía un huevo de oro en la copa del Árbol de la Vida (Bayterek). La esfera de cristal dorado simboliza ese huevo de oro que trae felicidad y prosperidad a la ciudad y a quien se atreve a poner la mano en la huella dorada.

La ruta ha continuado hacia la Pirámide de la Paz y la Reconciliación, una obra monumental que impresiona por el mensaje universal de unión entre culturas y religiones que alberga en su interior. Justo al lado, se encuentra el vanguardista Palacio de la Creatividad "Shabyt", con su imponente fachada circular de cristal azul, nos ha recordado que el arte y la juventud son el verdadero motor del mañana en Kazajistán.

Ya por la tarde, el impacto visual y espiritual no hizo más que crecer. Nos detuvimos ante el monumento Kazakh Eli, una columna blanca que se eleva hacia las nubes custodiada por el ave mítica dorada, símbolo de la libertad y el orgullo de este pueblo. Y justo enfrente, la Mezquita Hazrat Sultan nos dejó sin palabras: una joya de la arquitectura islámica con sus detalles minuciosos y un ambiente de serenidad absoluta que nos cautiva.

Para cerrar este día inolvidable, guardamos lo más impresionante para el final: La Gran Mezquita de Astaná. Estar frente a una de las mezquitas más grandes del mundo, ver su grandiosa cúpula azul y sus esbeltos minaretes perderse en a 73 metros de altura ha sido una experiencia casi irreal.

Nos vamos a descansar con las piernas cansadas, el móvil llena de instantes y la mente procesando cada rincón de esta metrópoli que parece esculpida en el espacio por un soñador. Astaná no solo se visita; se siente, se admira y se lleva guardada para siempre en la libretita de los recuerdos sentidos.​

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Espectaculares fotos y como de costumbre muy elaborada descriptiva del recorrido en éste viaje que hace disfrutar sentados con vosotros de una manera muy real y especial cada una de vuestras paradas (y).

Enhorabuena Manolo que esta crónica ( fotos ,prosa , y capacidad de reacción ante " los elementos ) no la mejora ni la mejor IA ahora tan de moda ¡¡ 🤪. Abzs y que siga la diversión ¡¡ :)
 
Espectaculares fotos y como de costumbre muy elaborada descriptiva del recorrido en éste viaje que hace disfrutar sentados con vosotros de una manera muy real y especial cada una de vuestras paradas (y).

Enhorabuena Manolo que esta crónica ( fotos ,prosa , y capacidad de reacción ante " los elementos ) no la mejora ni la mejor IA ahora tan de moda ¡¡ 🤪. Abzs y que siga la diversión ¡¡ :)

Muchas gracias, este comentario viniendo de ti sabe mejor si cabe, por ser uno de mis referentes.

Abrazos 🫠
 
¡Qué maravilla de relato y qué fotazas de Astaná!

Un auténtico oasis futurista en mitad de la estepa después de tanta odisea.

Da gusto leer cómo os reponéis de los imprevistos y rediseñáis la ruta con ese optimismo.:)
 
Por fin me he podido poner al día.
Que maravilla de viaje. Gracias Tacirupeca y Manolo por dejar que lo revivamos con vosotros.
Otro objetivo para cuando pueda realizarlo,
 
Día 13: Astana - Karaganday

Hoy la carretera deja de ser un simple trayecto para convertirse en una historia que se va escribiendo a golpe de acelerador. La jornada empezó temprano en Astana, dejando atrás la silueta futurista de la capital para adentrarnos en la inmensidad del paisaje kazajo. De nuevo, el asfalto abriéndose paso entre la estepa, el viento en el casco y esa libertad inconfundible que solo se siente sobre dos ruedas.

Llegamos a Karaganda justo a las 14:00.

Tras recuperar fuerzas con un buen almuerzo, nos lanzamos a recorrer y descubrir los rincones más emblemáticos de la ciudad. Quedamos impresionados con la espiritualidad y majestuosidad arquitectónica de la Mezquita Regional de Karagandá, la hermosa e imponente Catedral Católica de Nuestra Señora de Fátima y la elegancia de la catedral ortodoxa de color cielo Vvedenskiy.

Para conectar con el pulso de la ciudad, dimos un agradable paseo por el Parque Central (Park Kul'tury I Otdykha), y rendimos homenaje a la historia local ante el imponente Monument Mining Glory. Además, no dejamos pasar la oportunidad de sacar una divertida foto del famoso monumento “¿Dónde, dónde?... ¡En Karagandá!” (Gde-Gde), que hace honor a la célebre frase popular kazaja.

Paseando por sus parques, es imposible no contagiarse de la vida tranquila que se respira: en cada rincón, grupos de mayores se reúnen en torno a las mesas para pasar la tarde entre partidas de ajedrez, damas o cartas, compartiendo risas, estrategia y buena conversación.

Pero lo mejor de viajar en moto no son solo los lugares, sino las personas que te encuentras en el camino.

Hoy la amabilidad de la gente nos ha dejado sin palabras: primero, unos policías nos hicieron una señal para que parásemos con la única intención de saludarnos con una sonrisa enorme, hacernos una pequeña entrevista que grababan con el móvil y finalmente, ¡pedirnos una foto de recuerdo!

Poco después, mientras buscábamos una dirección el GPS, un chico se acercó con su moto lleno de curiosidad hacia Manolo para preguntarle sobre nuestro viaje, fascinado por la ruta y por las motos. Esos pequeños gestos de calidez son los que realmente le dan sentido a hacer miles de kilómetros.

Seguimos caminando por las avenidas de Karaganda, algo que atrapa la mirada de inmediato son sus impresionantes murales. Enormes fachadas de edificios lucen pinturas magníficas con temas de lo más variados: desde escenas que rinden homenaje al pasado industrial y espacial de la región, hasta coloridas obras contemporáneas y retratos culturales. Esta abundancia de arte urbano no es casualidad; responde a un vibrante programa de revitalización que busca transformar el paisaje urbano gris de la era soviética en una galería al aire libre. La ciudad utiliza sus propios muros como lienzos para celebrar su identidad, darles color a los largos inviernos y conectar a la comunidad a través de la creatividad.

Cae la tarde y nos retiramos a descansar con la retina llena de arte y el corazón agradecido por la hospitalidad de esta tierra. Mañana nos espera un día largo adentrándonos en el desierto… Solo respirar y a seguir rodando para llegar a casa.

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¡Menuda gozada de crónica! Vaya fotazas de Karaganda y qué puntazo la foto en el monumento del "¿Dónde, dónde?... ¡En Karagandá!". Da gusto leer cómo disfrutáis y cómo os acoge la gente local. Mucho cuidado con el desierto en las próximas etapas. ¡Un abrazo y buena ruta! :)
 
Día 14: desde Karaganday hasta Balkhash

El día ha amanecido con ese brillo limpio que presagia las buenas etapas. Antes de que la carretera llamara a la puerta, nos aseguramos de sentarnos a la mesa para regalarle al cuerpo un buen desayuno, de esos que preparan el ánimo para los kilómetros que quedan por delante.

Acompañados por una temperatura suave y bondadosa, pusimos rumbo hacia Balkhash con la sensación de que el camino hoy sería ligero.

Dejar atrás el entorno industrial de Karagandá fue como adentrarse paulatinamente en el corazón desnudo del país. A lo largo de más de cuatrocientos kilómetros, la carretera M36 se transforma en una cinta que corta una estepa infinita, salpicada por suaves ondulaciones del terreno y horizontes que parecen no tener fin. El viaje antes de llegar a Balkhash tiene esa cualidad hipnótica propia de los grandes espacios abiertos: pastos bajos teñidos de dorado por el sol, pequeños rebaños que pastan a lo lejos como puntos suspendidos en la nada, manadas de caballos ligeros como el propio viento y estepas tan extensas que hacen que cualquier viajero se sienta diminuto.

Mientras rodamos sin pausa vemos que la carretera está flanqueada por altas barreras de madera… que sin duda nos indica que el invierno desata ferozmente sus ventiscas de nieve y estas barreras actúan como silenciosas guardianas del camino. Colocadas estratégicamente a lo largo de la ruta, reducen la fuerza del viento para forzar a la nieve en suspensión a caer y acumularse a sus pies. De este modo, evitan que las ráfagas creen peligrosos ventisqueros en el asfalto, manteniendo la carretera abierta, segura y despejada en una de las regiones climáticas más desérticas y hostiles del mundo.

Hemos hecho un par de paradas en esos descansos señalizados de carretera que tienen un encanto humilde y auténtico para tomar un reconfortante café de sobre de 3 en 1 (café, leche y azúcar) rodeados del silencio atronador de la estepa, con la sola compañía del viento constante y esas letrinas de campo que forman parte indisoluble de la mística de las rutas por estas latitudes. En esos momentos de pausa, con la taza caliente entre las manos, se siente verdaderamente la esencia solitaria de Kazajistán.

A medida que nos acercábamos a nuestro destino, el paisaje comienza a cambiar sutilmente, tornándose más seco y árido, anunciando la cercanía de la gran cuenca del lago. Al entrar finalmente en Balkhash, la carretera nos entregó al calor de un coqueto apartamento de alquiler, un refugio perfecto junto al lago para bajar las revoluciones. Tras instalarnos, fuimos a un supermercado local a comprar algo para la cena con la curiosidad despierta de quien busca entender un lugar a través de sus estanterías. Nos perdimos entre los pasillos curioseando los productos locales, hasta que algo nos llamó poderosamente la atención: los frascos de huevas de pez a un precio ridículamente barato. Impulsados por el descubrimiento, compramos un tarro de huevas rojas a 1€ para salir de dudas y, para nuestra grata sorpresa, resultaron estar riquísimos, todo un manjar imprevisto para coronar la noche.

Con el cielo empezando a teñirse de tonos cálidos, bajamos a dar un paseo por la orilla del lago que posee una característica biogeográfica única: su mitad occidental es de agua dulce y la mitad oriental es salada.

El atardecer tiñó el agua de matices dorados mientras observábamos la vida cotidiana fluir sin prisa: los niños pescando en la orilla, las risas de los juegos infantiles y la calma de quienes simplemente aguardan la caída del sol.

Mañana nos espera una etapa larga y dura hasta llegar a Shu. Ya vamos siendo conscientes de que hemos entrado en esa fase de tránsito para alcanzar Bishkek y dar el broche final a este viaje azaroso, pero profundamente vivido, al corazón de Kazajistán… un país que ha merecido la pena conocer en profundidad.

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¡Qué delicia de crónica! Consigues que sintamos la inmensidad de la estepa en cada línea. Curiosísimo el detalle de las barreras de madera para las ventiscas de nieve y un puntazo el triunfo de las huevas a un euro en el súper.

El momento del café 3 en 1 en medio de ese silencio absoluto es mototurismo real en estado puro. Mucho cuidado con la etapa dura que os espera hasta Shu camino de Bishkek. ¡Os seguimos leyendo con muchas ganas!

¡Un fuerte abrazo para los dos!
 
Día 15: de Balkhash a Shu

Hoy la ruta nos ha llevado desde Balkhash hasta Shu, y si pensábamos que ya lo habíamos visto todo, este país nos ha vuelto a mostrar sus entrañas.

La primera parte de la etapa la pasamos bordeando el lago Balkhash, rodando sobre el asfalto mientras una inmensa masa de agua de azul turquesa se extiende a un lado y la vastedad de la tierra al otro. Es una sensación brutal avanzar en moto sintiendo la brisa fresca del lago, sabiendo que estás recorriendo uno de los lagos más grandes de Asia en medio del aislamiento total.

Poco a poco, el agua va quedando atrás para dar paso a la pura inmensidad de ese desierto que te atrapa.

En este tipo de paisaje vas mirando al horizonte, pestañeas tres veces, sigues rodando media hora y parece que no te has movido ni un metro. Un vacío absoluto pero fascinante. Eso sí, esa paz poética se frena en seco cada vez que miras el indicador de la gasolina. Aquí las gasolineras están tan “preocupantemente” lejos unas de otras que calcular el consumo se convierte en un deporte de alto riesgo. Manolo dice que soy una exagerada, pero hasta que no veo el depósito lleno me entra cierta ansiedad. Cada rayita que baja en el marcador es un pequeño micro infarto y un rezo rápido a los dioses del motor para no acabar empujando la moto bajo el sol desértico.

Apenas hay tráfico. La soledad de la carretera solo se rompe al cruzarnos con imponentes camiones que nos mueven a su paso o al ver pasar, en la lejanía, interminables trenes de mercancías que se arrastran despacio cortando la estepa en dos.

A los lados del asfalto, la monotonía se rompe con detalles únicos: yurtas tradicionales apostadas en la nada donde los locales te ofrecen pescado seco del lago Balkhash (un tentempié con un olor "interesante" para llevar dentro del casco un buen rato) y, de repente, te encuentras con esos ancestrales mausoleos emergiendo de la nada como guardianes silenciosos de la estepa. Es increíble la fuerza visual que tienen esos cementerios en medio del vacío…

Para completar la postal perfecta, se nos han cruzado varias manadas de caballos trotando en libertad absoluta. Verlos cruzar la estepa con esa elegancia natural nos hace sentir que estamos inmersos en una película del lejano oeste.

Ha sido una etapa de estar muy atentos, con la vista en la carretera, un ojo en el tanque y el corazón puesto en el viaje. Una paliza de más de 500 kilómetros, sí, pero de las que se recuerdan.

Ya estamos a salvo en Shu, repostados nosotros y la moto. Mañana cruzaremos la frontera de Kirguistán para llegar al destino… Bishkek.

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Me agrada ver el buen estado general de las vías, muy importante para poder ir dos personas en una moto sin que la amortiguación desfallezca.

Y se siguen viendo cosas interesantes con buen tiempo mayormente, estupendo...

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Me agrada ver el buen estado general de las vías, muy importante para poder ir dos personas en una moto sin que la amortiguación desfallezca.

Y se siguen viendo cosas interesantes con buen tiempo mayormente, estupendo...

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Si, las carreteras bien asfaltadas y señalizadas, ninguna queja sobre ellas.
 
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