Os voy a contar una historia del abuelo cebolletas. Compré mi primera BMW allá por el 1994, en BMW Herranz, en Madrid, donde yo vivía entonces. Allí conocí a Angel Cabello, un comercial de pura cepa que lo sabía todo sobre motos.
Un día, en una de las revisiones, Angel me dio una teorica: me explicó que siempre, antes de frenar fuerte con el freno delantero, había que frenar con el trasero. Al frenar con el freno trasero, me explicó, la amortiguacion se hunde de delante y de detrás, haciendo que, al frenar de delante, la moto no se descoloque.
Yo salí del taller totalmente dispuesto a convertirme en un motero de pro y comencé a frenar siempre primero con el trasero antes de emplearme a fondo con el delantero.
Todo iba bien hasta que volví a los 7.500km a la siguiente revisión. El jefe de taller me llama y me pregunta que qué he hecho para comerme las pastillas de freno traseras desde la anterior revisión. Ahí acabó mi historia con el freno trasero.
Luego llegó la frenada combinada y parecía que ya no había que darle más uso al pedal del freno trasero.
Sin embargo, no he dejado de leer sobre la utilidad del freno trasero para ajustar la velocidad cuando la moto ya está inclinada, evitando la clásica reacción de levantarse que produce el empleo del freno delantero.
Llevo un tiempo probando la frenada con el freno trasero dentro de las curvas, pero me falta mucho para llegar a desarrollar un automatismo que me permita usar con garantías el freno trasero en situaciones de emergencia.