Día 16: de Shu a Bishkek
El día arrancó de la forma más surrealista y mágica posible: despertarse en Shu con el sonido de los cascos de unos caballos que estaban rumiando tranquilamente la hierba bajo los árboles del hotel… bonito, bonito
Sin prisa, pero sin pausa, devoramos un desayuno rápido -café y galletas- nos enfundamos el equipo y nos pusimos en marcha. Nos esperaban 120 kilómetros por delante para cruzar la frontera y adentrarnos por fin en Kirguistán, pero la ruta tenía sus propios planes.
A penas llevábamos 10 kilómetros rodando cuando el asfalto simplemente desapareció. Nos topamos de lleno con un tramo infinito en obras… una pista de puro polvo, tierra suelta, barro, chinazos saltando contra la moto y hasta una máquina excavadora volcada a un lado del camino. Fueron más de 80 kilómetros de pura concentración y polvo al gusto.
Llegamos a la frontera literalmente «enharinados» de la cabeza a los pies, pero con una sonrisa enorme de satisfacción. Lo conseguimos
Por suerte, la burocracia nos dio un respiro y en solo media hora habíamos hecho los trámites para salir de Kazajistán e ingresar a Kirguistán. Así da gusto cruzar fronteras.
Volver a rodar por una carretera asfaltada tras el calvario de tierra nos supo a gloria, pero lo que realmente nos impactó fue el paisaje. Tras más de 800 kilómetros atravesando desiertos áridos, entrar en tierras kirguisas ha sido como adentrarse en una selva. Con el verde intenso de los árboles y los jardines que nos rodeaba por todas partes nos pareció un auténtico vergel.
Entramos a Bishkek acompañados por unos contundentes 36 °C. Una temperatura que no impondría tanto si no fuera por los trajes de cordura y el casco que llevábamos puesto, pero la emoción podía más que el calor. Al llegar al hotel nos tocó hacer un trámite importante: arreglar todo el papeleo con el gerente para dejar a Wally bien custodiada hasta nuestro próximo viaje de 2027, que, para ser sincera, ya empieza a tomar forma en nuestras cabezas.
Tras una ducha reparadora que nos devolvió la energía, salimos a perdernos por la ciudad. Bishkek tiene un encanto especial que te atrapa. Me encanta fotografiar a la gente en su día a día: bebiendo “shoro” bien frío en las esquinas, el juego de la luz al atardecer, la espontaneidad sin filtro de los niños jugando y las arrugas llenas de historia en los rostros de los mayores.
Caminando llegamos hasta la Victory Square, una plaza monumental impresionante cargada de memoria histórica, construida en 1985 para conmemorar el 40º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. En el centro, bajo la estructura de una yurta tradicional, se erige la estatua de una mujer que aguarda eternamente el regreso de su marido de la guerra, acompañada por una llama eterna a sus pies que jamás se apaga.
Continuamos bajando la calle y llegamos a la majestuosa Mezquita Central Borboduk justo en el momento en que el canto del muecín llamaba a la oración, envolviendo la atmósfera de una espiritualidad única.
Para cerrar el día con calma, pasamos por un supermercado local y nos apañamos una cena sencilla pero perfecta: unas uvas riquísimas, dulce de verdad, y unos yogures locales.
Mañana nos espera otra visita al gran Bazar de Osh, porque no lo puedo evitar… los mercados tradicionales de la Ruta de la Seda me fascinan por completo. Pero por hoy, toca apagar motores y descansar. Ha sido un día de esos que se sienten bien intensos y, sobre todo, profundamente vividos.

